Psiquiatras británicos reunieron varios testimonios en un artículo, entre los que llama especialmente la atención el de un hombre llamado Samuel, quien sentía recurrentemente la presencia de su difunta abuela: contó que escuchaba su voz, se le representaba su imagen e incluso olió y saboreó la comida que ella solía cocinar (cuando nadie estaba cocinando). En una ocasión, su abuelo estaba muy estresado por una avería casera; no encontraba una pieza que faltaba para repararla. Samuel, que estaba ayudándole, escuchó la voz de su abuela: “Está detrás de ti”. Y, efectivamente, allí estaba lo que buscaban.
Vivencias reconfortantes
Le preguntamos a Lucas qué le hace atribuir esa sensación de ser observado a la presencia de su padre. No sabe explicarlo, pero algo le inclina a pensar que es él. Además, ha tenido otro tipo de experiencias. “Una noche, tumbado en la cama, sentí que me daba un beso”, revela. Más fuerte todavía: “Dos años después de su muerte, fui a pagar en una gasolinera y dentro, donde venden comida, había un hombre clavadito a mi padre. Evidentemente no era él, pero tenía idéntico aspecto. De hecho, después de salir, volví a entrar para verlo otra vez. Me impactó mucho, y no fue agradable”, nos cuenta con un nudo en la garganta.
Quienes nos cuidan
Lucas no cree en espíritus ni en fenómenos paranormales, y tampoco es una persona con convicciones religiosas —se considera un tipo pragmático; como economista, las tablas de Excel son sus sagradas escrituras—, pero se muestra más flexible cuando trata encontrar explicación a estos sucesos. “No creo en el más allá, pero, al mismo tiempo, cuesta aceptar que cuando alguien se muere deja de existir inmediatamente, así sin más. Su energía, ¿desaparece al instante o se queda un tiempo entre nosotros? Dudo de que haya un dios cuidando de toda la humanidad; me parece más plausible que esas personas que nos han querido sean las que nos cuidan”, expone. Aunque a continuación añade: “O a lo mejor todo está en mi cabeza y es algo psicológico”.
También lo experimentó Juan de Dios (49). “La sensación es de que te está observando. Se producía en mi casa: mi padre venía a visitarme a menudo. Cuando me mudé, lo pasé realmente mal, porque en mi fuero interno pensaba… que no iba a encontrarme”.
Las trampas del cerebro
Existe una teoría psicológica denominada “dialógica” que distingue dos niveles en la mente: el “dominio interno” y el “dominio externo”, o social. Sostiene que la línea que separa ambos planos es porosa, lo cual explicaría que la certeza que nos ofrece el “dominio interno” de que esa persona amada ha fallecido a veces se confunda con la enraizada idea que tiene el “dominio externo” de que está cerca, como era habitual.
José González Fernández es psicólogo y formador especialista en procesos de duelo, además de autor del libro Crecer en la pérdida (2020). A lo largo de su trayectoria ha acompañado a más de 18.000 personas en proceso de duelo, y sabe que estas experiencias son muy comunes. Explica así estas sensaciones de presencia.
“Lo que ocurre en esos casos es similar a lo que sucede cuando despertamos después de haber tenido un sueño muy vívido y durante unos segundos o minutos creemos que lo soñado es real. Pasa con las personas de nuestro entorno: cuando estamos acostumbrados a dormir con otra persona, si una noche nos despertamos bruscamente estando solos, nuestro cerebro, durante unos instantes, va a dar por sentado que esa persona está durmiendo a nuestro lado, aunque no sea así”.
Y añade: “A fuerza de costumbre, el cerebro nos envía señales predeterminadas en relación con las personas más cercanas. Ante un fallecimiento, a veces necesita un periodo para ponerse al día. Por ejemplo, si al llegar a casa del trabajo esa persona estaba siempre esperándonos en la cocina, durante un tiempo cuando lleguemos a casa del trabajo el cerebro nos va a indicar que esa persona está ahí, en la cocina”.
Por amor
Pero ¿por qué unas personas lo experimentan y otras no? “Suele darse con más frecuencia —responde González Fernández— en procesos de duelo en los que ha quedado algo pendiente con la persona fallecida; no tiene por qué ser algo importante: basta con que sintamos que no nos hemos despedido de ella como nos gustaría, o que no le expresamos en vida lo mucho que la queríamos. Durante la pandemia de coronavirus, cuando muchas personas no han podido despedirse de los fallecidos, se da con asiduidad. En cualquier caso, se irá espaciando con el tiempo”.
No es algo malo, por tanto, ni de lo que haya que avergonzarse. Más bien al contrario. Si sientes la presencia de un ser querido que murió es porque le amabas: un estudio con viudos concluyó que estas alucinaciones solo se producen

